domingo, 12 de febrero de 2012

Tacheros del orto

En los días que pasé en Buenos Aires, en marzo del 2003, los Estados Unidos habían declarado la guerra a Irak, y esto tenía un sabor a afrenta en la Argentina y se sentía con una entera agitación. La juventud de los colegios y primeros años de universidad se lanzaba a los escraches al Mc Donalds -una forma de boicot-, y las marchas en las calles estaban pobladas de los muchísimos y diminutos partidos de izquierda, trotzkistas, anarquistas, y otras especies similares. Un estruendo de tambores, yembés y tumbas repicaban entre el gentío y en la radio el odio a los yanquis bullía como los clásicos Boca River.

En lo personal, un muy singular conjunto de circunstancias me habían llevado a indagar, a partir de una ignorancia completa sobre la escena cultural y artística argentina, si entre la nutrida variedad de escritores porteños y de otras ciudades, habían algunos genios desconocidos que merecían una traducción al francés. Porque el encargo que me había llevado a la Argentina era ese, o al menos así lo había entendido. Me habían encomendado desde una editorial francesa, que con la acostumbrada locura que me lleva a encandilarme con escritores y poetas, pudiera convencer de la calidad excepcional de algunos de éstos y llevar a París referencias importantes de personas que no debieran estarse pudriendo en las barras de los bares, y de repercutir, lanzarlos a una aventura literaria mayor. Con toda la irresponsabilidad que entonces me caracterizaba, , me sentaba en los cafés de Buenos Aires a hablar de Roberto Arlt con quien fuere, de Leopoldo Marechal, Witold Gombrowicz o Rodolfo Walsh, con la esperanza de que aparecieran entre los desconocidos a quienes dirigía estas precipitadas palabras, aquellos genios aún anónimos por los que estaba en ese país.

Así mientras estaba en Buenos Aires, y caminaba por Corrientes rumbo a la oficina de Western Union, no tenía noción de lo que hacía sino vagar por Almagro viendo los afiches y fotos en blanco y negro, pegadas a las paredes de los puestos de diarios, con glorias del tango nunca olvidadas. Otras veces de caminar y caminar de pronto estaba entre mucha maleza y aparecía una estación de tren completamente rural en medio de la gran urbe, lo que me asombraba. La cantidad de escritores argentinos que fui conociendo por esos días fue extensa, muy extensa. Conversé una tarde con Rodolfo Fogwill, que vestía un buzo azul como pantalón y cualquier camisa encima, e iba sin afeitar, y recuerdo que decía que en Santiago de Chile, donde vivía la mayor parte del año, sólo trataba con peruanos (las empleadas domésticas de las familias chilenas, de Trujillo, y me mencionó otros lugares del Perú de donde procedían estas sus mejores amistades en Santiago), ya que estas personas parecían ser los únicos seres soportables en esa ciudad de mierda. Otra vez, me quedé tomando unas Quilmes contra una pared en el Rojas, un centro cultural, en cuyo auditorio, Alberto Laiseca narraría historias de terror. No entré al auditorio: las cervezas tenían una lógica muy propia y triste, me hablaban un lenguaje muy absorbente según recuerdo, mientras miraba una pared blanca donde solo había "lo blanco" y escuchaba que todo mi entorno, se iba haciendo un mar de voces bien confusas (había una cola para entrar al auditorio).

En fin, en esos días me familiaricé con una vasta legión de escritores porteños y argentinos que sólo por citar algunos, estos podían llevar los nombres de Horacio Martinez (Acerca de Roderer), Angélica Gorodischer, Martín Kohan, Lamborghini, José Bianco, Gabriel Bellomo, Mempo Giardinelli, Eduardo Mignogna, Carlos Chernov, Ricardo Santoni, Belgrano Rawson, Antonio Dal Masseto, Blanca Lema (que tiene una brillante novela, quizás aún inédita y desconocida), variedad de antologías de relatos, Raquel Heffes, la Demitropolis, Ana Kazumi Stahl, y aún otros como Juan Filloy. La lista era vasta para los narradores como también para los poetas, y debe entenderse que Ricardo Piglia, César Aira y Juan José Saer estaban descalificados y no tenía sentido leerlos ni entrevistarlos por haber conseguido ya reconocimiento y haber sido traducidos. Tampoco Osvaldo Soriano, con lo que me hubiera gustado que Soriano no tuviera la celebridad que tiene para tratar de conocerlo, pues entonces no sabía que ya había fallecido hacia 1996.

Así que leyendo en mi habitación del departamento de calle Perón, y luego de variadas entrevistas a lo largo del día, podía quedarme dormido de cansancio y al despertar, de pronto escuchar la radio prendida con La Balada para un Loco de Piazzola pero cantada en ruso. Me desperezaba y recordaba que tenía que llegar a una cita y entonces me reponía echándome chorros de agua al rostro, o una ducha instantánea de pie en una tina blanca que como bases que la asentaban en el piso, tenía unas garras de león. Luego, para seguir mi frenética y relampagueante exploración de la literatura argentina salía corriendo al taxi, y debo decir que nunca me orienté bien en esa ciudad, porque no tenía conciencia de cómo llegaba a Caballito, a la Feria de Mataderos, o Palermo Hollywood. Menos si tenía que llegar a Belgrano al departamento de mi prima Fiorella. Es decir, por esos días del verano del 2003 tomé tantos taxis que la ciudad era una especie de caleidoscopio vivo y múltiple, imposible de descifrar. No tenía una orientación mínima de dónde quedaba cada cosa, y tomaba taxis o remises porque nunca entendí la diferencia. Pero he de decir que me gustaba así, me gustaba ese desorden de conciencia y tanto taxi: una vez atravesábamos el estadio de Ferro y le dije al tachero que bueno, una pena que Ferro estuviera en tercera división, y como mi tono de voz era evidentemente extraño, el taxista se sorprendió y dio vuelta a mirarme y dijo de ese modo tan acentuado:

-Sabés de fútbol...

Y me contó de River y de los días que pasó llorando en el timón del taxi cuando Enzo Francescoli se retiró, tanto lloró y durante tantos días que los pasajeros del taxi le terminaban diciendo que si había ocurrido una desgracia en casa, si podían ayudarlo en algo, si el problema era de guita para colaborarle un poco...

Ya se habrá entendido que tachero en Buenos Aires es lo mismo que decir taxista...y en "la 2 por 4, la radio del tango", hasta tienen su microprograma, del Parador del Tachero. Lindo programa, uno se entera que en los años 50s solo circulaban como taxis en Buenos Aires unos pequeños Mercedes Benz muy negros a los que llamaban "la hormiguita negra". En fin. Otras veces convencía al taxista que se quedara para mirar cuando saliera la mina que me tenía que entregar unos libros, y el taxista se estacionaba ahí, fisgón...Decirle no más que era profesora de literatura romántica alemana del siglo XIX en la UBA pero que era un portento de belleza hacía que mi tachero esperara religiosamente al portento femenino que no siendo una vedette, terminaba siendo un exotismo digno de la mayor curiosidad intelectual y hormonal.

Otra vez se me hizo las siete de la tarde y entonces ya ni llamé por teléfono a Onda verde (es mejor en Buenos Aires llamar a líneas de taxi, tienen una seriedad admirable en sus compromisos de tiempo de recoger a las personas, y realmente el taxi al paso, costumbre limeña, es abrir una estúpida posibilidad que te asalten y roben), así que vino mi taxista y ni bien escuchó mi tono de voz no-porteño dijo que venía muy cansado desde la mañana, que llevaba haciendo taxi todo el día y que no estaba de humor, y cuando no estaba de humor seguía las rutas que mejor le parecía así que no le recomendara ninguna ruta alterna o que no me hiciera al conocedor porque no me iba a hacer caso. Muy sincero mi tachero, cualquiera se hubiera friqueado en Perú con este tipo de taxista, pero yo traía una vena muy amable de estar fascinado con la charla sostenida con Diana Bellesi, poeta mayor adorada por las jóvenes poetisas del Río de la Plata, que me había invitado una grappa rusa y había recordado los atardeceres de las playas del norte de Perú, así que empecé a reirme de toda la agresividad y la grima del taxista, no había hecho fiaca había que comprenderlo, y simplemente le dije que me recordaba una historia de Paul Auster, La música del azar, donde un tipo gana una herencia de un padre que nunca conoció y se alquila un auto y se la pasa días y semanas por la carretera, obsesionado con la línea blanca que divide los carriles ante los faros en la noche, carretera carretera y putas al paso en los hoteles baratos, y bueno, mi tachero malhumorado ya se interesó y preguntó:

-De dónde sos, mexicano?
-No, peruano, le dije.
-Ahhh, porque te expresás con propiedad -aseveró. Es que el otro día se me subió un mexicano...Esperá -dijo. Yo laburo en Ezeiza en una empresa de taxis y no sé si sabés cómo es el sistema. A vos te asignan un pasajero y bueno, lo llevás a su destino. Pero bueno, yo iba a buscar a mi pasajero el otro día y de pronto viene otro tachero y levanta a mi pasajero. Puso las valijas al toque en el baúl y arrancó por la Richieri y yo me dije me cagó. La verdad es que estaba bastante sacado esa tarde, no tanto como ahora, y entonces me largué a perseguirlo. Por el aparato le avisé a mis compañeros que un piola me había birlado el pasajero y entonces de pronto en la autopista fueron apareciendo mis compañeros, viste?, como en C.H.I.P.S o en Las Calles de San Francisco, todos detrás de ese chorro de mierda.

Ni idea de si se había dado cuenta el muy garca, pero la cosa es que tomó una salida a la izquierda, y ahí sí que la cosa se puso fiera. Sabés, de la autopista a la izquierda sólo está la villa y un turista sólo va para Capital, que está derecho por la Richieri, eso seguro lo sabés. Entonces, me dije, el muy hijo de puta lo quiere afanar...Así que con mi patrulla motorizada fui avisando por la radio y entonces Gambetta fue por adelante, Portinari cerró por el otro lado, y al rato ya teníamos al chorro acorralado, ellos se encargaron de chamuyarlo mientras yo fui directo a las valijas del baúl y las metí en mi coche y después al pasajero le dije amablemente que se pasara a mi auto y asunto arreglado. Claro, el chabón estaba loco de no saber lo que pasaba pero qué iba a hacer, si tan cómodamente lo habíamos instalado en mi tacho.

Así que le pregunté la dirección a la que iba, dijo Junín y Las Heras y así que salí arando nomás mientras los otros seguían dándole duro al chorro como cuando Monzón estaba desaforado en el ring pegándole a un negro yanqui. De ahí ya volvimos para Capital y me dijo que era mexicano y que venía por una mujer, maravillosa, y que pasara por una juguetería y una joyería para hacerle regalos y compras. Bien, lo llevé sin problema y vino con unas bolsas grandes rebosantes de ositos de peluche, todas esas boludeces que se les lleva a las minas cuando uno está pirado por ellas. Cuando pregunté cómo había conocido a la mina si en México, o acá tal vez, o en otro país, el tipo me dijo que la había conocido la semana pasada por internet y ahí si que me cagué de risa, y lo miré de pies a cabeza como es lógico:

-Ché, es que no tenés mujeres en México?, me dio por gritarle. -¿Qué tipo de país tenés vos, che? ¿Estás de la nuca, estás pirado? -aunque para adentro pensé que seguramente era un asunto moderno como la cocaína de Maradona o la cumbia villera y en el fondo, quizás yo ya no entienda nada de nada del mundo. Así que lo llevé a Junín y Las Heras y lo vi subir al edificio con sus bolsas.La cuestión es que al parecer le abrió el marido e imagino que la mujer, tan argentina y puta como sólo puede ser una argentina, seguro le dijo una cosa como yo le diría: -Loco, internet es para fantasear y dejate de boludeces, y los pobres peluches rodaron por la escalera, y las joyas se esparcieron y qué sé yo, porque mi pobre mexicano vino al taxi hecho una noche, en silencio, simplemente se sentó, y lo tenía ahí sin pronunciar palabra, y yo mismo no sabía qué hacer, loco. Mexicano deprimido y mudo recuperado de las fauces de un chorro a la izquierda de la Richieri, ni más ni menos.

Así que el tiempo pasaba y el mexicano era una noche. Qué cagada. Así que me decidí a hablar yo y le dije: -Mirá, macho, me caíste bien, y entonces apagué el taxímetro y le dije que lo iba a pasear un poco por la ciudad, porque los idiotas enamorados ya casi habían desaparecido del planeta, todos sabemos que las mujeres son unas perras, y estaba bien que vea un poco del Obelisco, que mire las minas de Palermo, eso, yo tratando de animarlo y el mexicano en silencio como nosotros cuando los suecos nos eliminaron del mundial de Corea Japón. No decía nada. Así que lo voy llevando por San Telmo después, y le digo que a mi parecer tenía 3 opciones ya que lo de la mina maravillosa había sido un fiasco. El mexicano igual, mudo me miraba, y hasta por el retrovisor podía darme cuenta que le llovían las lágrimas en los ojos. Mierda. Que tenía 3 opciones, le dije, una primera era (me había dicho ya antes que el vuelo de retorno era en una semana), darse la vuelta por Bariloche, todos los lugares turísticos, las cataratas, tantos sitios, la Argentina es un gran país y por algo lo llamaron el granero del mundo, y así se pasaba la semana; la segunda opción era quedarse en Buenos Aires,  la prensa internacional señala que nuestra capital es el paraíso erótico de América Latina, que tiene los bifes sexuales más grossos, las mejores pastas, como ravioles y canelones al mismísimo estilo tano...Y bueno, le dije, tenés una tercera opción, la de convivir con una familia de clase media porteña, aprender nuestras tradiciones, el asado del domingo, la hermana de mi mujer que baila tango allá en una milonga por Almagro, y todo esto que te daría una idea de la vida argentina, así directamente.

El mexicano seguía mudo y triste y me miraba con ojos de Cocker Spaniel. Yo empecé a rascarme las bolas porque a éste no le iba a sacar una palabra e iba a tener que dejarlo tirado en cualquier lado. Pero milagrosamente, al parecer me había escuchado en medio de su estúpida depresión y me dijo que le parecía mejor la tercera opción de vivir con una familia argentina, así que yo inmediatamente saqué el celular, llamé a mi mujer y le dije: -Vieja, tenés a los pibes bañados? Ella se puso a gritar por el teléfono porque así es mi bruja, mandándome a la puta que me parió y demás delicadezas, y yo le insistí: -y tenés bien barrida la casa, el living? Ella puteándome igual otra vez, pero ya intrigada, me dijo, -te conozco, boludo, me podés decir lo que pasa?. Y yo le dije que íbamos a tener un invitado toda la semana, un mexicano, que acaso no leíste la Biblia esos versículos del buen samaritano, y dejate de joder, que de tanto gritar me vas a romper los tímpanos y el celular, la reputa que te parió.

10 comentarios:

Blogger Gimena Fernandez ha dicho...

Hola Pablo, que tal? Me encantó volver a encontrarte en este modo, me divertí mucho leyéndote, más allá del placer de una buena lectura... Un gran abrazo desde París, Gimena

17 de febrero de 2012, 5:21  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Gracias por haber disfrutado el texto, Gimena. Estás a Parigi??? Yo en Cusco como siempre, con un sentimiento fuerte de cansancio. Pero pasará, como todo. Terminé hace un rato de leer a Jorge Volpi, mexicano, el libro "En busca de Klingsor", al que yo le pondría simplemente "Klingsor". Y hace unos días también leí "Triste, solitario y final", de Osvaldo Soriano, su primera novela. Me gustaría que hoy día fuera un día productivo, y espero que suceda, sino todo va en caída libre y no quiero que vaya en caída libre. Un beso grande y saludos.
Pablo
(va a salir el mensaje como anónimo pero soy yo, estas cosas del Open ID y demás sencillamente no las manejo)

25 de febrero de 2012, 11:47  
Blogger Gimena Fernandez ha dicho...

Soriano no me convence demasiado, prefiero Borges y Cortazar, por lo menos después de la lectura justamente de "Triste, solitario y final".
Si, estoy en Paris. Te mando otro abrazo desde aquí para que pare tu caída y te sostenga, evitando así un fuerte golpe... Que haya sido un dia productivo... Gimena

26 de febrero de 2012, 10:22  
Anonymous Anónimo ha dicho...

a mi sí me gusta "Triste, solitario y final", aunque es cierto que yo quería muchas más escenas en esa novela en la que estuviera Stan Laurel, el Flaco. Es un entretenimiento y el rato que en la entrega del Oscar todos pelean, es muy divertida. Cuando se arma una gran gresca en la que participan James Stewart, John Wayne, antes del secuestro de Chaplin. Y estoy pasando a leer "Y una sombra pronto serás" también de Soriano, que son libros que he conseguido un poco milagrosamente en Arequipa. No lo juzgo a Soriano, dejo que me divierta y punto. Y le tengo cariño a Soriano. De Cortázar estoy por leer su grueso ensayo sobre John Keats, pero como puedes suponer las lecturas últimamente son más de historia, antropología, y últimamente, mucho de historia de la ciencia, con la que me encandilo mucho.
El día no fue productivo ayer, estuve con escalofríos, fiebre, casi hasta las 7 de la noche seco por dentro, y atiborrado de ojeras, pero desde esa hora pude leer un rato largo hasta la 1 o 2 de la mañana. Hoy día todo está mucho más tranquilo. Y hoy día tu abrazo me ha de sostener...Por dónde estás en París???. Viví por la Gare du Nord, en casa de un amigo, en la rue Dunquerque, que está a un paso de la Avenue Trudaine, y de Montmartre. Un abrazo también.
Pablo

26 de febrero de 2012, 13:42  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Uno está tan acostumbrado a este medio, que sale una conversación y no pude "Hola Gimena", solo después de publicado me he dado cuenta. Ahí en París fui a ver una de Cary Grant en que aparece un tigre. se me ha ido el nombre de la actriz, que es la misma de la Reina Africana, con Humprhey Bogart ya mayor. Gracias Gimena, por comentar, me gustan los comentarios, por tonto que parezca.

26 de febrero de 2012, 13:46  
Blogger Monica ha dicho...

la verdad es que los taxistas en buenos aires son complicados, te puede tocar gente de honesta y otros no. pero eso es acá y en todos lados, yo desde que vivo en un apartamento en buenos aires no me paso nunca nada pero hay que tener algunos cuidados

9 de mayo de 2012, 11:03  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Mónica: el detalle de este relato, por suerte, indica que disfruté muchísimo de los taxistas de Buenos Aires. Gracias por escribirme, me siento contento que hayas tomado atención de este escrito. Yo pensaba que era divertido, pero quien sabe.
Aunque dice "Anónimo", soy yo quien ha escrito estas historias, porque no sé hacer comentarios apareciendo como autor, más que así.
Pablo

9 de mayo de 2012, 11:25  
Blogger Carmen Luz ha dicho...

Delicioso tu texto...me conectó con el Buenos Aires que he conocido... alguna gente peruana suele decir que los porteños son pedantes y...¿qué te digo? adorables pedantes, entrañables.

13 de enero de 2013, 8:05  
Blogger Andres Leon-Geyer ha dicho...

Lindo relato. Pablo, creo que nos conocemos de la cafeta de letras y el tontódromo, soy Andres Leon. En MX ciudad ahora. Mi mail es el de este comentario … por cierto, para firmar con tu nombre tienes que poner comentar con identidad y en esa pones tu mail con el que abriste el blog, o de google, o lo que sea, o si no, no… En fin, cuidare. Abrazos

30 de enero de 2013, 2:30  
Blogger Gimena Fernandez ha dicho...

Hola Pablo, qué tal? Vuelvo a vos, y a través de esta pagína, para saludarte y felicitarte por tu reseña de cine del miércoles en el Waynapata! Lindo ver tu foto mientras presentás! Qué tal con Kusturica, apreciaron los cusqueños? Es como en los tiempos del Kukuli del cual no tengo recuerdos...?
Un gran abrazo, siempre desde París,

Gimena

1 de agosto de 2013, 1:01  

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