domingo, 12 de abril de 2009

Suplantaciones

-Explíquese usted, hombre de Dios.
-Con mucho gusto, si no le molesta a usted escuchar mi historia -consintió el eminente profesor extranjero-. Soy actor de profesión, me llamo Wilks. Cuando trabajaba en el teatro, frecuentaba a toda clase de pícaros y bohemios. Ya me codeaba con la canalla del hipódromo, ya con la gentuza del arte; y ocasionalmente, un día, cierta guarida de soñadores desterrados me presentaron al profesor de Worms, célebre filósofo nihilista alemán. Nada extraodrinario advertí en él. Le estudié cuidadosamente. Me dijeron que aquel hombre había demostrado que Dios era el principio destructor del universo. De aquí infería él la necesidad de una energía furiosa e incesante encaminada a aniquilarlo todo. La energía lo era todo para él. El pobre hombre estaba lisiado, miope, semiparalítico. Y tenía un humor ligero; el tipo me desagradó; me puse a imitarlo por burla. De haber sido dibujante, hubiera sacado su caricatura; como yo era actor, me puse a representar su caricatura. En mi disfraz procuré exagerar los rasgos repulsivos del personaje. Al entrar en la sala en la que solían reunirse sus admiradores, yo esperaba ser recibido o entre carcajadas o, si el ánimo general no estaba para ello, con manifestaciones de indignación e insultos. Pero ¡cuál sería mi sorpresa cuando veo que me acogen con un respetuoso silencio, seguido, en cuanto abrí los labios, por un murmullo de admiración! De puro sutil me había quebrado; resultaba yo más verdadero de lo que me figuraba.

"En suma me tomaron por el legítimo y célebre profesor nihilista. Yo era entonces un muchacho de espíritu equilibrado, y aquello fue para mi un golpe terrible. Antes de que hubiera podido recobrarme, dos o tres de "mis" admiradores se me acercaron llenos de indignación, y me dijeron que en el cuarto de al lado era yo víctima de un insulto público. Pregunté qué pasaba. Me dijeron que un impertinente se había atrevido a vestirse como yo e intentaba parodiarme ridículamente. Por desgracia, yo había tomado más champaña del que me hubiera convenido, y en un rapto de locura decidí afrontar la situación. El verdadero profesor, al entrar, fue recibido por la mirada furiosa de la compañía y mi ceño glacial.

"inútil decir que hubo un choque. En vano los atribulados pesimistas se preguntaban cuál de los dos profesores parecía realmente más viejo. Yo gané al fin. Un pobre viejo valetudinario como mi rival no podía dar una impresión de caducidad tan completa como un actor joven en la primavera de la vida. Ya comprende usted: él era realmente paralítico y, llevando esta ventaja, no podía representar tan bien la parálisis como yo. Entonces intentó derrotarme intelectualmente. Pero yo le opuse una táctica muy sencilla: cada vez que él decía una cosa que sólo él podía entender, yo contestaba algo que ni yo mismo entendía. El decía, por ejemplo.
"-No creo que usted trate de aplicar el principio de que la evolución sólo es negación, puesto que ello implica ciertas lagunas que son necesarias de diferenciación.
"A lo cual replicaba yo, desdeñosamente:
"-Eso lo ha leido usted en Pinckwers; la función de la evolución como función eugenética la expuso hace ya tiempo Glumpe.
" Valga decir que los tales Pinckwers y Glumpe no existen. Pero, con gran sorpresa mía, el auditorio parecía recordarlos perfectamente. Y el profesor, viendo que el método culto y misterioso no le servía frente a un enemigo poco escrupuloso, se dedicó a atacarme con ingeniosidades de género más popular.
"-Ya veo -dijo con sorna- que usted ha triunfado como el falso cerdo de Esopo.
"-Y usted -contesté sonriendo-pierde como el erizo de Montaigne.
"Ignoro si habrá tal erizo de Montaigne.

G.K. Chesterton: "El hombre que fue Jueves"

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