miércoles, 21 de mayo de 2008

Manos de anarquista

Desde hace muchos años suelo ir a la Universidad Católica de forma cotidiana. Queda cerca de casa, y no me cuesta nada. Y además derivo entre los intereses más variados: pasan rostros, cuerpos, me entrego a cierta inconsciencia que hace que unos días, al caminar por ese espacio colmado de jardines, esté atento a una cosa u otra. A veces, también, no estoy atento a nada. Sólo hay una masa informe de presencias, confusas, inconexas, vivaces sí, y en ellas, por un día, destaca una sonrisa, una mancha de gente que parece especialmente animada, unas piernas y un culo demasiado provocativos bajo una minifalda rabiosa, o un rostro antiguo que vuelve a la memoria al desplazarse entre las cafeterías. Ayer llegué al tercer piso de la biblioteca y llevaba el libro grueso de Eliade que dedica al misticismo sufí y al misticismo cabalístico. Me da curiosidad Isaac Luria y Elyphas Levi. Me senté en una de las mesas redondas que hay en el tercer piso de la biblioteca. Al frente, estaba una chica. En ese rato leía sobre Maimónides, pero me fui olvidando un poco de Maimónides porque vi que los ojos de la chica que estaba frente a mi eran muy marrones. Ni marrones claros ni marrones oscuros, sino simplemente muy marrones, unos ojos de una mirada muy definida. Estaba concentrada en su libro y me era sencillo sentir todo el calor de su cuerpo en la concentración que ponía al leer. Subrayaba el libro con un lapicero de tinta líquida, que parecía ser un texto de filosofía. Yo no tenía ganas de indagar, sino que estaba dispuesto a quedarme con una idea vaga de las cosas por siempre. Y así fue.

Toda su cabeza estaba sumergida en el libro, y sólo veía el pelo desordenado y rubio, en un desorden del pelo que es exactamente el que me gusta. Creo que fue al baño. No importa mucho quien era y a mi ni me inmuta pensar que es una persona que no voy a volver a ver el resto de mi vida. Pero, además de eso, me fijé en sus manos. Eran muy parecidas a las manos de Paloma. Claro, ella es mayor, una estudiante, y debe ser cierto lo que observé, que su concentración era mucho mayor que la del resto de personas de la sala de lectura, incluido yo. Sólo levantó la vista una vez, y cuando me miró, simplemente desvié la vista a un punto muerto. (Y diré, que también tenía en su rostro y en su cuerpo varios motivos para evocarla). Naturalmente, tengo que hablar de Paloma. Paloma tendrá 12 años ahora y es una niña cuzqueña. Últimamente ha tenido muchas alergias y yo creo, siempre he creído, que sus alergias están en una relación directa con su inteligencia y vivacidad. Todos los que han pasado temporadas en el restaurant de Ada, allá en calle Huaynapata, en Cuzco, donde pulula Adita, Paloma, y otro mar de chiquitos, saben de la inteligencia de Paloma. No es necesario decir mucho al respecto. Sólo una que otra cosa o historia de las que dan risa.

Cuando tenía 9 años una vez estaba jugando ajedrez con un alemán en la salita del televisor. En Cuzco abundan los extranjeros que pasan por el restaurant un día, y nunca los vuelves a ver. Paloma apenas sabía cómo se movían las piezas, pero eso nunca la incomodó. Movía los peones a su antojo en líneas cruzadas y a los caballos como si fueran alfiles. Nada de eso le generaba inquietud, porque siempre contaba con la aquiescencia de sus rivales, que pensaban comprensivos que se trataba de una niña, y entonces no importaba mucho que atravesara o contraviniera parcial o completamente las reglas del juego. Tenía 9 años y era todo ojos, como siempre ha sido Paloma. Un rostro con unos ojos inmensos como piedras oscuras de un medallón compuesto de chaquiras y rubíes. Como que también siempre ha sido impredecible y en el momento en que más atención le brindas se esconde detrás del mostrador y no sale en horas. Así es ella, chuncha de golpe, imperturbablemente chuncha, sin que valgan los argumentos frente a su encierro interior.

Ese día, sin embargo, que jugaba ajedrez con el alemán, estaba claramente comunicativa, con el desenfado brincante que le da al estar comunicativa. Y como el alemán no hablaba una puta palabra de castellano, ella movía sus piezas de esa manera tan oblicua y particular de entender el movimiento de las piezas, y el alemán, que se distraía con la televisión, tardaba en jugar, y Paloma le gritaba:
-Juega, basura, te toca, imbécil.

Y yo la veía. Y me reía. Y ella miraba hacia mi, y se reía.
El alemán, claro, no entendía nada, no sabía una palabra de castellano, ya lo dije.

Otra de las de Paloma cuando estaba muy chiquita, -ahora tiene 13 años pero alguna vez tuvo 6 años y yo la recuerdo ahora corriendo desde Huaynapata a su casa en calle Ataúd-, era sentarse en el patio de casa a pintar los crayolas y después subir al café, y decirles a los extranjeros que estaban comiendo, enseñándoles sus dibujos:
-¿Qué les parece? Ellos veían los garabatos pintados de rojo, azul y una fronda de colores sobre una hoja de cuaderno Loro, y le decían que estaba bonito. Paloma entonces arremetía con la verdad que tenía escondida y que afloraba a sus labios.
-Es pintura moderna y está a 20 céntimos. A veces le compraban sus muy técnicos cuadros, y ella iba rauda a la bodega de Wilbert a comprarse caramelos y todas esas cosas ricas que les gustan a los niños. Hace poco estaba haciendo de estatua viviente en la tienda de su tía Ruth para atraer curiosos que estén dando la vuelta por la Plazoleta de San Blas, y así es su ingenio loco de diablito endemoniado.

Hoy día también subí al tercer piso de la biblioteca. A sentarme en una de las mesas redondas de la biblioteca. Abrí “El matadero cinco”, de Kurt Vonnegut. Hoy no ocurrió nada, ganó el Manchester al Chelsea, expulsaron a Drogba, Cristiano Ronaldo falló un penal, pero no ocurrió nada. La cancha en el televisor era muy verde, los jugadores se desplazaban como monigotes rápidos en la pantalla, pero nada ocurrió.


1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

El Tercer psio, simpre anécdotico. Los sonidos perdidos, los rostros no abordables con la palabra. Es un microcosmos muy ordenado, con el centro en el libro, que tiene un protagonismo poco usual.

Jesus Salazar!

31 de mayo de 2008, 10:45  

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