Días inesperados, y sin embargo, de poca esperanza
Cada vez entiendo menos, a veces estoy de golpe lleno de tranquilidad en mi cuarto, veo lentamente la ropa amontonada sobre la silla, la casaca gris en el respaldo, luego la foto de un parque de La Habana en la pared: un parque soleado y con el follaje haciendo sombra a unas campanas que están en la vereda. Campanas grandes, campanas pequeñas. Una sensación de frescura que viene de esa foto en el parque. Pero otras veces por estos días pienso muy poco, prácticamente nada, no observo nada y me paso el día en la biblioteca de claro en claro. Lecturas muy desordenadas, diría que hasta se vuelve fascinante ese mismo desorden. La crítica a la versión de Coriolano que hizo Bertolt Brecht escrita por Gunther Grass, los emocionantes párrafos que dedica Italo Calvino en homenaje a Cesare Pavese, luego Auerbach en su ensayo sobre Montaigne, y después derivo antojadizamente hacia los ensayos de George Steiner en su libro "Extraterritorial", un libro azul, que en una de esas señala que los niños prodigio se despliegan en 3 campos humanos sobre todo: el ajedrez, las matemáticas y la música. Creo que lo señala en su ensayo sobre Nabokov. Algunos de estos libros parece que jamás los hubieran pedido en la sala, tan poca importancia tiene la curiosidad para un grueso de los mortales, o al menos "esa" curiosidad, ya que sólo después de unas horas de búsquedas infructuosas se logra arribar a textos que de pronto se ponen a relumbrar, y bueno sería que escapen de los libros, y se alojen en el sueño de un alma extraviada, o de alguien no más, quien sea, y no sufran ese penoso abandono. Tanta ludicez y tanta belleza inutilizados por la poca voluntad con que la gente afronta la vida. Los días anteriores ha venido a la biblioteca una chica de pelo ensortijado negro que me ha despertado curiosidad porque tiene un culo grande y delicioso. Pero cuando llega y se sienta cerca apenas la miro. Es una broma solitaria que me juego, y apenas si sonrío. Una tristeza grande se apodera de mi, y recuerdo los tiempos idos cuando estaba pródigo, viendo la claridad de unos ojos verdes, hablando amablemente y entre risas de una quinta en Copenhague, en la cual vive un hombre muy fuerte, vulcánico (lleva una fragua de herrero en la parte trasera de su casa), que inventa historias de antropofagia en las pampas argentinas, para que su hijo rubiecito, Gustav Adolf, pierda el tic nervioso, el mohín que ha ido adquiriendo en la nariz, fruto del abuso de sus compañeros de escuela.
En recuerdo del abuelo de Mariana
Tiempo que no me escriben y que no les escribo. Pero voy continuamente "a casa", converso muy seguido con el abuelo, lonches tomando té y tostadas. El abuelo tiene un sentido del humor notable, un sabio sentido de la inmutabilidad: suelta una frase, uno se ríe a fondo de lo que ha dicho, pero él permanece impasible, está serio y como si nada ocurriera mientras uno siente saltar alguna lágrima entre las carcajadas que ha despertado los dichos del abuelo. A menudo adolorido, siempre preocupado con las actualidades de la política: si mandaron matar al hijo de Menem, fastidiado con la odiosa pervivencia de Vladimiro Montesinos en la cúpula del gobierno en Perú. También indignado por la muerte de 5 chiquillas en el concierto de unos cojudos (Servando y Florentino), que fungen de cantantes entre las adolescentes de los países de América Latina. Tu madre animada por el hecho de que pueden venir en enero y visitar la Ciudad Imperial con el pequeño Matías (de pie entre frondosos árboles en el bosque de Eagle Lake, California, o también, como de costumbre, bañándose en una tina de plástico rojo con rostro de muy borracho, tan borracho que quiero un poquito más de mezcal). Ustedes constituyen una de las pocas parejas felices en este continente indeciso y sufrido, apretado entre cientos y miles de enhiestas, inclementes antenas de TV elevadas sobre rústicos tejados. Ana Carla tiene ahora un muñeco al que le ha puesto Billy Burroughs (se lo puse yo el nombre, y en realidad Ana sólo le dice "Billy"). El muñeco tiene unos collares y es un poco hippie. Una tortuga asiste a su bautizo y Ana Carla le pone unos manteles encima para que esté bien vestida para una celebración religiosa de esa magnitud. La tortuga se llama Manuelita, y según Ana es en realidad de origen extraterrestre, por su parecido con E.T. El abuelo, hace leer rápidamente a Vicky el diccionario de 5 tomos y muchas ilustraciones. "Aquí dice, TORTUGA: animalito duradero del orden de los quelonios". "Figúrate -dice Vicky-, viven 150 años las pobres". Y si uno se percata bien, lo único que hace la E.T. Manuelita es atravesar lentamente la sala para delicia de propios y extraños. Las cosas vienen bien en Lima, días bellos con cielo tempestuoso, mar bravío, taxistas que inventan cuchillos de esmeril (me tocó un taxista inventor), pelícanos en el aire elevándose sobre la grava. Sporting Cristal subcampeón de la Copa Libertadores: un televisor comiéndose dulcemente tu desesperación, tu tristeza. Y nuevos libros leídos como por ejemplo el del Ingenioso Hidalgo conversando reposado con su fiel escudero, shoteando a la bella Dorotea, amando enloquecida y enloquecedoramente.
Natalia Bondarchuk
Obviamente, este texto escrito por Natalia Bondarchuk, la actriz de "Solaris", la película de Andrei Tarkovski, sólo puede ser comprendido efectivamente por quienes han visto la película (quizás no, no lo sé, cuánto me gustaría que todo quede claro para quienes no han visto el film) . Ahora es fácil de conseguir: se encuentra en el Pasaje 18, Tercer Stand (cerca de unas escaleras) de Polvos Azules. Antes, cuando la vi en una pantalla gigante, jamás me imaginé que podría tener entre mis manos el disco que la reproduce, y a veces sin ninguna voluntad siquiera uno puede verla otra vez, porque un DVD es tan sencillo de activar, la tecnología tan servicial, que ni siquiera necesitas pensar o desear. Es posible que estés viendo 20 o 30 minutos de Solaris sin haberlo deseado, porque insertar una película se puede volver algo parecido a la irreflexión o el lapsus verbal. Es más, puedes ir haciendo otras cosas en el cuarto, escuchar un sonido en ruso que de pronto golpea entre las palabras, voltear a la pantalla y perder el momento, luego ir al control, retroceder, y mirar. Para mi la anécdota que narra aquí, Natalia Bondarchuk, de su encuentro con Stalin, es deliciosa.
Suplantaciones
-Explíquese usted, hombre de Dios. -Con mucho gusto, si no le molesta a usted escuchar mi historia -consintió el eminente profesor extranjero-. Soy actor de profesión, me llamo Wilks. Cuando trabajaba en el teatro, frecuentaba a toda clase de pícaros y bohemios. Ya me codeaba con la canalla del hipódromo, ya con la gentuza del arte; y ocasionalmente, un día, cierta guarida de soñadores desterrados me presentaron al profesor de Worms, célebre filósofo nihilista alemán. Nada extraodrinario advertí en él. Le estudié cuidadosamente. Me dijeron que aquel hombre había demostrado que Dios era el principio destructor del universo. De aquí infería él la necesidad de una energía furiosa e incesante encaminada a aniquilarlo todo. La energía lo era todo para él. El pobre hombre estaba lisiado, miope, semiparalítico. Y tenía un humor ligero; el tipo me desagradó; me puse a imitarlo por burla. De haber sido dibujante, hubiera sacado su caricatura; como yo era actor, me puse a representar su caricatura. En mi disfraz procuré exagerar los rasgos repulsivos del personaje. Al entrar en la sala en la que solían reunirse sus admiradores, yo esperaba ser recibido o entre carcajadas o, si el ánimo general no estaba para ello, con manifestaciones de indignación e insultos. Pero ¡cuál sería mi sorpresa cuando veo que me acogen con un respetuoso silencio, seguido, en cuanto abrí los labios, por un murmullo de admiración! De puro sutil me había quebrado; resultaba yo más verdadero de lo que me figuraba. "En suma me tomaron por el legítimo y célebre profesor nihilista. Yo era entonces un muchacho de espíritu equilibrado, y aquello fue para mi un golpe terrible. Antes de que hubiera podido recobrarme, dos o tres de "mis" admiradores se me acercaron llenos de indignación, y me dijeron que en el cuarto de al lado era yo víctima de un insulto público. Pregunté qué pasaba. Me dijeron que un impertinente se había atrevido a vestirse como yo e intentaba parodiarme ridículamente. Por desgracia, yo había tomado más champaña del que me hubiera convenido, y en un rapto de locura decidí afrontar la situación. El verdadero profesor, al entrar, fue recibido por la mirada furiosa de la compañía y mi ceño glacial. "inútil decir que hubo un choque. En vano los atribulados pesimistas se preguntaban cuál de los dos profesores parecía realmente más viejo. Yo gané al fin. Un pobre viejo valetudinario como mi rival no podía dar una impresión de caducidad tan completa como un actor joven en la primavera de la vida. Ya comprende usted: él era realmente paralítico y, llevando esta ventaja, no podía representar tan bien la parálisis como yo. Entonces intentó derrotarme intelectualmente. Pero yo le opuse una táctica muy sencilla: cada vez que él decía una cosa que sólo él podía entender, yo contestaba algo que ni yo mismo entendía. El decía, por ejemplo. "-No creo que usted trate de aplicar el principio de que la evolución sólo es negación, puesto que ello implica ciertas lagunas que son necesarias de diferenciación. "A lo cual replicaba yo, desdeñosamente: "-Eso lo ha leido usted en Pinckwers; la función de la evolución como función eugenética la expuso hace ya tiempo Glumpe. " Valga decir que los tales Pinckwers y Glumpe no existen. Pero, con gran sorpresa mía, el auditorio parecía recordarlos perfectamente. Y el profesor, viendo que el método culto y misterioso no le servía frente a un enemigo poco escrupuloso, se dedicó a atacarme con ingeniosidades de género más popular. "-Ya veo -dijo con sorna- que usted ha triunfado como el falso cerdo de Esopo."-Y usted -contesté sonriendo-pierde como el erizo de Montaigne. "Ignoro si habrá tal erizo de Montaigne. G.K. Chesterton: "El hombre que fue Jueves"
Caderas estrechas y pechos atlánticos
Cuando tenía 17 años comencé una amistad con dos amigas. Una de ellas estudiaba derecho conmigo, era un bombazo de caderas estrechas, pechos atlánticos y cabello largo, rubio y rizado. Sus ojos eran chispitas verdes, su piel color trigo, pecosa y de rasgos menudos. Su amiga era andaluza, morena, recortada y con una gracia inigualable en el hablar. Se operó de las orejas para que no la hiciesen girar cuando el viento soplaba, según decía ella. Se llamaba Soledad, y hoy me enteré que ha muerto de cáncer. Hacía mucho que no nos veíamos. Sería cuando tenía yo 25, en pleno proceso de separación de alguien que no contento con destrozar mi vida, comenzó a atormentar a los seres a los que yo amaba. Como gotas de agua mis amigas se evaporaron en un puro arrebato de supervivencia que no pude entender sino con el paso de los años. Y claro, ahora es demasiado tarde para hablarlo con ella. Y continuaremos creyendo que el tiempo juega a nuestro lado...como hoy, que en menos de una hora tengo que estar en la estación de autobuses para recoger a mi tío Antonio. El estaba casado con Angeles Amor. Mi tía Angeles, a la que adoraba y la única que me entregó una cartita el ´día de mi boda pidiéndome que continuase con mi vida, que no me dejase convertir en una mujer casada. Ella murió este enero, también de cáncer, y estando juntas en Madrid en octubre la convencí para que fuesemos a urgencias, pues había llegado de Patagonia y le dolía levemente el hombro derecho. Tras 15 días nos contaron que estaba roída por la enfermedad y que no había ninguna posibilidad y que ni se imaginase más de dos meses de vida. ¿Y sabes cómo reaccionó? Nos fuimos a comer al mejor restaurant de Madrid, a celebrar la vida tan intensa que había podido vivir. Los médicos no se dejaban de sorprender del hecho de que no hubiese sentido molestia alguna. Al fallecer mi tío envió tarjetas con una acuarela de mi tía asomada a la ventana en la que nos manifestaba su profundo amor, eterno...Así que Pablo no nos queda otra que vivir, decidir, dejarnos llevar, empapar y preñar por esta vida. Más besos a Ada y a la familia...No sé cómo celebrarás hoy la noche, pero aquí la familia impone sus normas...me largo a zambullirme en la vorágine de coches cargados de patas recreándose en las compras de última hora, porque como todos los años es Navidad. Cuídate y besos. (24 de diciembre, 2002)